No es “fascismo o democracia”, sino fascismo y democracia. - Gilles Dauvé

De acuerdo a la actual sabiduría izquierdista, el fascismo es el poder estatal y del capital en su crudeza y en su brutalidad, sin máscara alguna, de manera que la única manera de liquidar al fascismo es terminar con el capitalismo.

Hasta ahí, vamos bien. Desafortunadamente, tal análisis suele volverse contra sí mismo: como el fascismo es el capitalismo en su peor forma, debemos prevenir que éste llegue a esa forma luchando, por ejemplo, por un capitalismo “normal”, no fascista, e inclusive apoyar a capitalistas no fascistas.

Además, como el fascismo es el capitalismo en su forma más reaccionaria, tal visión significa intentar promover al capitalismo en su forma más moderna, no feudal, no militarista, no rascista, no represiva, no reaccionaria; un capitalismo más liberal, en otras palabras, un capitalismo más capitalista.

Si bien sería más que extenso detallar cómo el fascismo sirve a los intereses del gran capital, el antifascismo mantiene que el fascismo podría haber sido evitado en 1922 o 1933, o sea sin destruir el gran capital, si tan solo el movimiento obrero y/o los demócratas hubieran puesto bastante presión para mantener a Mussolini y a Hitler lejos del poder. El antifascismo es una comedia de lamentos sin fin: si sólo, en 1921, el Partido Socialista Italiano y el recién fundado Partido Comunista Italiano se hubieran aliado con las fuerzas republicanas para detener a Mussolini… si sólo, a principios de los años treinta, el KPD (Partido Comunista Alemán) no hubiera lanzado una lucha fratricida contra el SPD (Partido Socialdemócrata), Europa se habría salvado de una de las dictaduras más feroces en la historia, una segunda guerra mundial, un imperio nazi de dimensiones casi continentales, los campos de concentración, y la exterminación de los judíos. Por encima y más allá de sus observaciones muy certeras sobre las clases, el Estado, y los lazos entre el fascismo y la gran industria, esta visión no tiene en cuenta que el fascismo provino de un doble fracaso: el fracaso de los revolucionarios después de la Primera Guerra Mundial, aplastados por la socialdemocracia y la democracia parlamentaria, y luego, en el curso de los años 20, el fracaso de los demócratas y los socialdemócratas en gestionar el capital. Sin una comprensión efectiva del período precedente así como de la fase previa de la lucha de clases y sus límites, no puede entenderse ni la naturaleza del fascismo ni su ascenso al poder.

¿Cuál es el verdadero motor del fascismo, si no la unificación política y económica del capital, una tendencia que se ha vuelto general desde 1914? El fascismo fue un modo particular de llevar a cabo aquella unidad en países -Italia y Alemania - donde, aunque la revolución había sido derrotada, el Estado era incapaz de imponer orden, incluso en las filas de la burguesía. Mussolini no era ningún Thiers, con una sólida base de poder, ordenando a fuerzas armadas regulares masacrar a los comuneros. Un aspecto esencial del fascismo es su nacimiento en las calles, su uso del desorden para imponer orden, su movilización de las viejas clases medias semi enloquecidas por su propia decadencia, y su regeneración, desde afuera, de un Estado incapaz de tratar con la crisis de capitalismo. El fascismo fue un esfuerzo de la burguesía para resolver por la fuerza sus propias contradicciones, para usar los métodos de la clase obrera de movilización de masas a su favor, y desplegar todos los recursos del Estado moderno, primero contra un enemigo interno, luego contra uno externo.

Esta fue en efecto una crisis del Estado durante la transición a la dominación total de la sociedad por el capital. Primero, las organizaciones obreras habían sido necesarias para enfrentar el levantamiento proletario; entonces se requirió que el fascismo acabara con el desorden consiguiente. Este desorden no era, por supuesto, revolucionario, pero era paralizante, y fue un obstáculo a las soluciones que, como resultado, sólo podrían ser violentas. La crisis sólo fue erráticamente vencida en aquel entonces; el Estado fascista era eficiente sólo en apariencia, porque integró a los golpes a la fuerza de trabajo asalariada, y sepultó conflictos de manera artificial proyectándolos en aventuras militaristas. Pero la crisis fue superada, relativamente, por el Estado democrático multitentacular establecido en 1945, que potencialmente se apropió de todos los métodos del fascismo, y añadió algunos propios, ya que neutralizó las organizaciones de obreros asalariados sin destruirlas. Los parlamentos han perdido el control sobre el ejecutivo. Mediante la asistencia social o políticas laborales, mediante técnicas modernas de vigilancia o mediante la ayuda estatal extendida a millones de individuos, en resumen por un sistema que hace a todos cada vez más dependientes, la unificación social va más allá de lo conseguido por el terror fascista, pero el fascismo como movimiento específico ha desaparecido. Correspondió a la disciplina forzada de la burguesía, bajo la presión del Estado, en el contexto particular de Estados recién creados apremiados para constituirse también como naciones.

La burguesía incluso tomó la palabra "fascismo" de las organizaciones obreras en Italia, que a menudo eran llamadas fasci. Es significativo que el fascismo se definió antes que nada como una forma de organización y no como un programa. La palabra se refería tanto a un símbolo de poder estatal (los fascios vieron la luz antes que los cónsules de la Antigua Roma), como a la voluntad de reunir al pueblo en grupos. El único programa del fascismo es organizar, hacer converger por la fuerza a los componentes que conforman la sociedad.

La dictadura no es un arma del capital (como si el capital pudiera sustituirla por otras armas menos brutales); la dictadura es una de sus tendencias, una tendencia efectiviza siempre que se la juzgue necesaria. Un "regreso" a la democracia parlamentaria, como ocurrió (por ejemplo) en Alemania después de 1945, indica que la dictadura es inútil para integrar a las masas en el Estado (al menos hasta la próxima vez). El problema no es por lo tanto el hecho que la democracia asegura una dominación más flexible que la dictadura; cualquiera preferiría ser explotado al modo sueco a ser secuestrado por los esbirros de Pinochet. ¿Pero acaso uno tiene opción? Incluso la suave democracia escandinava sería transformada en dictadura si las circunstancias lo exigieran. El Estado sólo puede tener una función, que puede ser llevada a cabo democráticamente o dictatorialmente. El hecho de que la primera es menos áspera no significa que es posible reorientar al Estado para prescindir de la última. Las formas del capitalismo no dependen de las preferencias de los obreros asalariados más que de las intenciones de la burguesía. Weimar capituló ante Hitler con los brazos abiertos. El Frente Popular de Leon Blum no “detuvo al fascismo”, porque en 1936 Francia no requirió ni una unificación autoritaria del capital ni un encogimiento de sus clases medias.

No hay ninguna "opción" política a la cual los proletarios podrían ser atraídos o que ellos podrían imponer por la fuerza. La democracia no es la dictadura, pero la democracia prepara el terreno para la dictadura, y se prepara a sí misma para la dictadura.

La esencia del antifascismo consiste en resistir al fascismo defendiendo a la democracia; ya no se trata de luchar contra el capitalismo, sino de presionar al capitalismo para que renuncie a la opción totalitaria. Ya que el socialismo es identificado con la democracia total, y el capitalismo con una tendencia acelerada al fascismo, los antagonismos entre proletariado y capital, comunismo y trabajo asalariado, proletariado y Estado, son rechazados por una contraposición entre democracia y fascismo presentada como la quintaesencia de la perspectiva revolucionaria. La izquierda y la extrema izquierda oficiales nos dicen que un verdadero cambio sería la realización, por fin, de los ideales de 1789, traicionados una y otra vez por la burguesía. ¿Un nuevo mundo? Para qué, ya está aquí, hasta cierto punto, en embriones que deben ser preservados, en pequeños brotes que deben ser sembrados: los derechos democráticos ya existentes deben ser impulsados una y otra vez dentro de una sociedad infinitamente perfectible, con dosis diarias cada vez mayores de democracia, hasta el logro de la democracia completa, o socialismo.

De esta manera, reducida a la resistencia antifascista, la crítica social es llevada al terreno de todo lo que una vez denunció, y renuncia a nada menos que a aquel artículo deteriorado, la revolución, y abraza el gradualismo, una variante de la “transición pacífica al socialismo” como fue alguna vez defendida por los Partidos Comunistas, y objeto de burla, antes de 1968, por cualquier persona seria que quisiera cambiar el mundo. El retroceso es palpable.
No vamos a caer en el ridículo de acusar a la izquierda y a la extrema izquierda de haber abandonado una perspectiva comunista que sólo conocían en la realidad desde la oposición. Es demasiado obvio que el antifascismo renuncia a la revolución. Pero el antifascismo falla exactamente donde su "realismo" afirma ser efectivo: en prevenir una posible mutación dictatorial de la sociedad.

La democracia burguesa es una fase de la toma del poder por el capital, y su extensión en el siglo veinte completa la dominación del capital mediante la intensificación del aislamiento de los individuos. Propuesta como solución a la separación entre los hombres y la comunidad, entre la actividad humana y la sociedad, y entre las clases, la democracia nunca será capaz de solucionar el problema de la sociedad más separada de la historia. Como forma eternamente incapaz de modificar su contenido, la democracia es sólo una parte del problema del cual afirma ser la solución. Cada vez que dice fortalecer el “vínculo social”, la democracia aporta a su disolución. Cada vez que trata sobre las contradicciones de la mercancía, lo hace fortaleciendo la red que el Estado ha tejido a través de las relaciones sociales.

Incluso en sus propios términos desesperadamente resignados, los antifascistas, para ser creíbles, tienen que explicarnos cómo la democracia local es compatible con la colonización de la mercancía que vacía de contenido el espacio público y llena los centros comerciales. Ellos tienen que explicar cómo un Estado omnipresente al cual la gente constantemente se vuelve para pedir protección y ayuda, esta verdadera máquina para producir lo socialmente "bueno", no se volverá hacia el "mal" cuando contradicciones extraordinarias lo requieran para restaurar el orden. El fascismo es la adulación del monstruo estatista, mientras que el antifascismo es su apología más sutil. La lucha por un Estado democrático es inevitablemente una lucha para consolidar el Estado, y lejos de herir al totalitarismo, tal lucha fortalece el estrangulamiento de la sociedad por el totalitarismo.

(Fragmento de “Cuando las revoluciones mueren”, 1979. Traducido por el CICA y editado por Mariposas del Caos, 2008).